domingo, 28 de septiembre de 2008

Feria del libro (I)

Acabo de volver ahora mismito (oigh) de la feria del libro, y lo cierto es que ha sido un poco lo de siempre. El año pasado, como estábamos montados a horcajadas del euro, pude echar mano de la billetera con mucho más entusiasmo. Este año, con la crisis –que más que un latigazo parece una lavativa- la cosa ha sido bastante sobria y un poquito triste.
Un día de estos les hablaré sobre la feria del libro y todo lo que conlleva: precios, tipos de libreros, plastas seudointelectuales, estrategias para no ser engullidos por la masa y esas cosas, porque ahora me ha entrado el sueño tontorrón, así que ustedes sabrán disculparme.
Buenas noches.

viernes, 26 de septiembre de 2008

De árboles frutales

Tengo un peral en el huerto que este año, con eso de las lluvias y el latigazo de la crisis, le ha dado por echar frutos para alborozo de los circunstantes: unas peras grandes, olorosas, peras enormes, suaves y jugosas, peras limoneras. Los más atrevidos pueden recrearse en el astuto juego de palabras, que otros ya lo han hecho.
Los árboles frutales, así como las novias, son bastante caprichosos en lo que a dar se refiere; uno se pasa el año pensando “¿Dará y podré comer? ¿No dará? ¿Nos apañaremos con el espantapájaros como el año pasado? Dios, cómo me gustaría ser alto.”
Al árbol frutal –como a la novia- lo tiene que cuidar con mimo el hortelano, escardando y removiendo la tierra de su alrededor y regándolo de vez en cuando para que crezca y no se quede mustio.

El asunto de los abonos es muy interesante; se trata de una especie de ‘algo’ (estiércol, bombones, nitrógeno…), muy pequeño y de aroma sutil eso sí, que se ocupa de dar collejas a las plantas rezagadas.
-¡Crece!
-¡No quiero!
-¡Zasca! (colleja onomatopéyica)
-¡Jo!
Y la planta aprieta el culo y crece con un vigor y un porte sanotes que dan gusto.
Desde que conocí la composición del estiércol natural, lo que conocemos como ‘caca de bicho’, siempre me imaginé a un payés de cuclillas, haciendo fuerza y con cara de circunstancias sobre las verdes tomateras. Piénsenlo bien, es uno de los mejores métodos para hacer sostenible el planeta: te zampas las judías, regeneras el sobrante y a los pocos meses tienes unos tomates la mar de saludables. Los que hayan puesto cara de asco que se informen sobre el agua con que riegan las hortalizas que canjean en la tienda por la mitad de su sueldo; seguro que ya no les hará tanta gracia aquello de la berenjena multicolor o la lechuga de tres cuerpos.
La cantidad de mierda –llámese nitratos y jarabe vitaminado de azufre- con que se abona y se elimina a todo insecto vegetariano es ingente, pero como somos algo atascadillos sólo nos escandalizamos al pensar en si la carne de la hamburguesa será de rata o de torito capón.

Ya dicen que ojos que no ven, corazón que no siente, por eso más vale hacerse el sueco de vez en cuando y pensar que todo esto de la naturaleza es un misterio. Yo, por si acaso y dado que hoy puede ser un gran día, voy a ver si me llego hasta el huerto para recolectar alguna pera madura.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Sobre conductores y zoquetes

El otro día callejeaba en coche con un amigo y casi se nos empotra un Superaudi negro. Se ve que el gilipollas iba pasado y se comió un ceda; en vez de frenar aceleré y eso evitó la colisión. Era uno de esos ejecutivos cincuentones y semianalfabetos que suplen sus carencias y complejos de inferioridad con coches potentes que no saben conducir, injertos capilares que no se saben peinar y mujeres hermosas a las que no saben querer, creyéndose que van a comerse el mundo echando un par de polvos a golpe de billetera cuando en realidad son un subproducto del capitalismo zafio, burdo e insustancial.
El andoba frenó con una cara de pánico que no se tenía, y en el transcurso que va desde ¡hostias! a ¡mecagüentó! pude girar la cabeza y ver por el retrovisor el costado de mi coche a dos centímetros del morro del suyo. Curiosamente –tal vez sea una virtud- no me altero en el instante en que me ocurren estas cosas, toda la adrenalina me nutre la concentración y como soy algo apañado la cosa parece que llega a buen puerto, pero transcurrido un minuto -entrecejo fruncido, suspiro contenido y las pupilas encabronadas- sería capaz de hacerle comer la puerta del coche al imbécil del Audi y darle un nuevo uso a la palanca de cambios. Todo eso sin bajar la ventanilla.
Al final el suceso se quedó en un susto y un par de juramentos en esperanto por aquello de que la violencia, si no te ves forzado a ella, mejor bajo llave.

Hoy, cuando volvía para casa, me he topado con el autobús del pueblo, que bajaba una cuesta de montaña a ochenta, con lluvia y por mi carril, no les digo más. Ha venido de un pelo que esté yo aquí contándoles esto, porque más allá de la carretera hay un barranco sin quitamiedos, y no sé qué coño he hecho para no acabar en el fondo, porque ha estado a punto de embestirme por la proa y a toda máquina. El subnormal del autobusero ha dado tal volantazo que casi vuelca con todo el pasaje. Al final parece que también lo ha salvado por los pelos, aunque espero que le hayan dicho de todo y se hayan ciscado en sus muertos más frescos, y ya de paso todos le deseamos que le crezcan unas almorranas como champiñones al hijo de puta. Mañana bajaré al cuartelillo a quejarme o, depende de cómo me coja, me acercaré a la parada para darle de hostias en el cuello, primero en un huevo y luego en el otro.

La gente no sabe conducir, y cuando llueve la cosa se desmanda de un modo que parece increíble que se pueda relatar. Te dices, va, que te ha tocado uno entre un millón. Y una leche. Aquí, el que menos, tira de conferencia por el móvil o se olvida de que el volante es un instrumento que, a diferencia de su estupidez, puede girar. La conducción y la lluvia, menudo binomio para llenar páginas y páginas de despropósitos.

Me ha salido el artículo un poco traicionero, porque yo quería hablar hoy del ‘Día sin coches’, pero es que estoy algo tenso. El ‘Día sin coches’ es otra pantomima para mantener al personal ocupado pensando en lo bueno que puede llegar a ser, en lo tranquila que se le queda la conciencia por no haber ido a trabajar por ser bueno y en lo bonito y reparador que es sentirse miembro de un grupo con ideas afines que te cagas. Todo un chollo.
Los ‘Días de’ son un eficaz, portentoso y chabacano método para recordar que la sociedad genera bastante mierda y no sabe muy bien cómo limpiarla. El problema es que, pasado el día en cuestión, la mierda sigue creciendo, por lo que se le echan unas paladitas de cal y hala, al monte con las cabras. Alguno dirá, ya, bueno, pero por lo menos lo recuerdan, ya sabes, solidaridad, conciencia, alianza de civilizaciones, etc. Pues no, miren, siempre son demasiadas palabras y muy pocos hechos, y para mantener la conciencia tranquila nos vamos al confesionario después de haber pecado o lo que ustedes quieran, porque para hipocresías ya tenemos -además de los ‘Días de’- los ‘Comunicados Institucionales contra la violencia y el asesinato’; todos arregladitos y con cara de no haber roto un plato en su vida para la foto de colegio. Míralos qué monos. Y qué majos.
Para información del lector, las mujeres no dejan de cobrar menos porque haya un día de la mujer trabajadora. El Planeta no será sostenible (ya lo era antes de aparecer nosotros) porque a alguien se le haya ocurrido dejar el coche en casa un día al año; en todo caso, para que fuese sostenible habría que diezmar la población y castrar al noventa por ciento de los tíos, cosa que, bien mirado, no le hace gracia a nadie. Tampoco van a dejar de asesinar mujeres porque haya un día en contra de la violencia doméstica mientras haya una mierda de ley, así como no es Navidad todo el año.
No se puede ser tan arbitrista y tan necio para pensar que, porque un día montemos el sarao que corresponda, vamos a solucionar los problemas que genera nuestra convivencia en sociedad.
En próximas entregas quisiera desmenuzar todo lo anterior, porque aquí me queda un poco largo y luego se me queja el asistente, que si la gente va muy liada y esas cosas.

sábado, 20 de septiembre de 2008

¿Papeles para quién?

El campeón mundial de parchís, que trabaja en el gobierno, ha tenido la ocurrencia de parar por la calle a todo sujeto con cara de sujeto extranjero, o séase forastero, esto es, que no sea indígena, para examinar con la precisión de un aguilucho hambriento que tenga los papeles en regla.
Ante tamaña gilipollez propongo que, los que tenemos un aspecto más bien descafeinado, hablemos desde ahora con acento argentino, caribeño o caló cuando nos pare la madera. Es muy fácil, ya verán.
-A ver, los papeles, por favor.
-Che, boludo, ¿vos también fumás?
Pues eso.