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miércoles, 22 de julio de 2009
Autobuses de Barcelona
Me parto de la risa, oigan; vamos, que me meo por los suelos y ustedes me van a entender: hoy, por lo que se ve, un autobús, un tásis y un turismo han colisionado en la Diagonal de Barcelona. La noticia en sí no tiene gracia -29 heridos-, además, uno se la coge con papel de fumar deseando que estas cosas no pasen. Lo gracioso y, si me apuran, lo arcaico del gesto digno de un maestro del escaqueo es que dicen, escriben, que el autobús iba a 20 km/h. Miren, la única vez que he visto ir a un autobús de Barcelona a veinte por hora le estaban cambiando el aceite en el taller. Si alguno de ustedes ha estado en la capital comprenderá lo que digo. Si el autobús se ha metido una hostia contra dos coches y un árbol, y, entre todos los ocupantes, hay casi treinta heridos, nadie en su sano juicio va a creer que iba a veinte por hora. Eso, o que el redactor se ha comido el palito antes del dos. Que no, miren, que no.
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viernes, 26 de junio de 2009
Ha muerto Michael Jackson
Thriller se ha muerto. Se acaba de morir Michael Jackson; por lo menos eso es lo que parece entre la confusión de todos los diarios digitales. En un principio lo confirmaban los sensacionalistas, pero ahora parece que es oficial. Le ha dado un ataque al corazón, ha llegado al hospital en coma y se ha ido.

Parece mentira que esas figuras con las que hemos crecido se vayan de un día para otro. En este momento todos los diarios que tengo a mano lo confirman. Tiene cojones, hoy también se ha muerto Farrah Fawcett 'la Farra', aquella rubia que formaba parte de los Ángeles de Charlie.
Otro día que nos recuerda que aquí estamos de prestado, que tenemos que aprovechar cada minuto de este campo de minas.

Parece mentira que esas figuras con las que hemos crecido se vayan de un día para otro. En este momento todos los diarios que tengo a mano lo confirman. Tiene cojones, hoy también se ha muerto Farrah Fawcett 'la Farra', aquella rubia que formaba parte de los Ángeles de Charlie.
Otro día que nos recuerda que aquí estamos de prestado, que tenemos que aprovechar cada minuto de este campo de minas.
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sábado, 6 de junio de 2009
David Carradine murió haciéndose una paja
Tiene cojones: morirte ensayando unos instantes de felicidad para desconectar del mundo, ya saben, pim pam, pim pam, qué ilusión. Al parecer –esta es la versión oficial hasta ahora- el amigo Carradine tuvo la elaborada idea de atarse los huevos con una cuerda, también el cuello, y lastrarla al armario de su habitación de hotel para aliviarse. Les ruego que no me pregunten sobre el procedimiento, porque lo ignoro y aun quedo extrañado por tales gimnasias. Cada cual se maneja como mejor puede y como más le satisface, por ello no es acto de burla exponer estas líneas. Pero resulta chocante que, en esos pequeños momentos de intimidad que tiene el ser humano, en que nada importa más que el presente, te quedes en el sitio por apasionado o por un mal cálculo de distancias. Otra cosa es que la querida te la corte con unas tijeras o que se le dé un uso indebido al extintor de incendios.
Recuerdo el caso de un tipo que se quedó pajarito porque se conectó unos electrodos a las pelotas, y mientras veía una película anatómico-festiva le daba al botón de on para entrar en materia. Parece se le fue la mano, porque aquello más que parecerse a Agárramela como puedas se convirtió en la funesta (y algo chamuscada) secuencia de un árbol navideño.
Yo espero que, por lo menos, el amigo Carradine finiquitase el asunto con una sonrisa en los labios y la satisfacción del trabajo bien hecho. Total, ya lo ven, al final la vida se descuelga por donde menos te lo esperas. Así que no duden: toda oportunidad de coyunda con el prójimo o con uno mismo (preferiblemente con el prójimo, que siempre es más entretenido) no la desaprovechen y disfruten. Sobretodo disfruten.
Recuerdo el caso de un tipo que se quedó pajarito porque se conectó unos electrodos a las pelotas, y mientras veía una película anatómico-festiva le daba al botón de on para entrar en materia. Parece se le fue la mano, porque aquello más que parecerse a Agárramela como puedas se convirtió en la funesta (y algo chamuscada) secuencia de un árbol navideño.
Yo espero que, por lo menos, el amigo Carradine finiquitase el asunto con una sonrisa en los labios y la satisfacción del trabajo bien hecho. Total, ya lo ven, al final la vida se descuelga por donde menos te lo esperas. Así que no duden: toda oportunidad de coyunda con el prójimo o con uno mismo (preferiblemente con el prójimo, que siempre es más entretenido) no la desaprovechen y disfruten. Sobretodo disfruten.
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viernes, 15 de mayo de 2009
Los mapas
Tal vez les ocurrió alguna vez que yendo por la montaña, valle arriba, barranco abajo, se encontraron con que el camino desapareció y se convirtió en dos caminos o, sospechosamente, en tres. Si esto les suele pasar a menudo quizá debieran sacrificar esa última copichuela que acompaña al desayuno. En caso contrario no se apuren, porque ése, y no otro, es el momento en que –la ceja levantada y el suspiro categórico- chuperreteas el dedo para medir el viento y sacas el mapa topográfico de la mochila, porque te sabes un tipo previsor de los de tiritas, vaselina y agua oxigenada, hasta que te das cuenta de que
-Oiga, ¿y para qué quiere usted la vaselina?
-Señora, no interrumpa.
Decía que llegas a darte cuenta de que el camino por el que debes tirar está… exactamente al otro lado del borde del mapa. Ignoro si les ha pasado esto alguna vez, pero cuando ocurre se te queda una cara de gilipollas que no cabe en un espejo.
A mí me pasó algo parecido hace ya algún tiempo y fue la mar de divertido, porque sí, tenía la primera parte del mapa y conocía lo sustancial del camino, pero me faltaba la segunda parte y no podía calcular las distancias más que a ojo lagartijero, así que tuve que guiarme por el río y por un caballo algo desgarbado y de maligno mirar que venía persiguiéndome.
-¿Y eso no lo pudo usted remediar con la vaselina?
-Pues mire que durante un buen rato estuve pensado en darle utilidad, pero no, al final se fue.
La cosa se saldó tras cinco horas de caminata, cuando llegué donde debía (una ermita cerrada. Insisto, cerrada) y acusé la falta de agua y comida. La primera porque había sudado como un gorrino en matanza y la segunda… ¿a que no adivinan cómo me deshice del caballo? A esto, que ya parece Navidad, le suman ustedes un siniestro calambre en las rodillas. No una, no. Las dos. A veces la vida se regala con estas simpáticas ocurrencias que te hacen la existencia más feliz.
-He oído que con la vaselina también se alcanza cierto grado de felicidad, ¿es eso cierto?
Hay que joderse con la abuela, ¡cómo aprietan, eh! En fin, durante el camino de vuelta ya no podía llorar porque no me quedaba con qué, y estuve arrastrándome como un gusano los últimos cinco kilómetros. Una estampa deplorable; les pido que no se la imaginen por el bienestar de la moral y las buenas costumbres.
Como colofón sólo les puedo aconsejar que, a no ser que sepan encontrar raíces nutritivas y agua que no les deje secos por descomposición, incluyan en su mochila una guía cartográfica de los parajes adyacentes a los que quieran visitar, dos o tres litrines más de agua y polvorones o pan seco, que dan mucho juego.
Otro día les comentaré cómo se puede acabar en un vertedero nuclear gracias al GPS por la Nacional 2.
-Oiga, ¿y para qué quiere usted la vaselina?
-Señora, no interrumpa.
Decía que llegas a darte cuenta de que el camino por el que debes tirar está… exactamente al otro lado del borde del mapa. Ignoro si les ha pasado esto alguna vez, pero cuando ocurre se te queda una cara de gilipollas que no cabe en un espejo.
A mí me pasó algo parecido hace ya algún tiempo y fue la mar de divertido, porque sí, tenía la primera parte del mapa y conocía lo sustancial del camino, pero me faltaba la segunda parte y no podía calcular las distancias más que a ojo lagartijero, así que tuve que guiarme por el río y por un caballo algo desgarbado y de maligno mirar que venía persiguiéndome.
-¿Y eso no lo pudo usted remediar con la vaselina?
-Pues mire que durante un buen rato estuve pensado en darle utilidad, pero no, al final se fue.
La cosa se saldó tras cinco horas de caminata, cuando llegué donde debía (una ermita cerrada. Insisto, cerrada) y acusé la falta de agua y comida. La primera porque había sudado como un gorrino en matanza y la segunda… ¿a que no adivinan cómo me deshice del caballo? A esto, que ya parece Navidad, le suman ustedes un siniestro calambre en las rodillas. No una, no. Las dos. A veces la vida se regala con estas simpáticas ocurrencias que te hacen la existencia más feliz.
-He oído que con la vaselina también se alcanza cierto grado de felicidad, ¿es eso cierto?
Hay que joderse con la abuela, ¡cómo aprietan, eh! En fin, durante el camino de vuelta ya no podía llorar porque no me quedaba con qué, y estuve arrastrándome como un gusano los últimos cinco kilómetros. Una estampa deplorable; les pido que no se la imaginen por el bienestar de la moral y las buenas costumbres.
Como colofón sólo les puedo aconsejar que, a no ser que sepan encontrar raíces nutritivas y agua que no les deje secos por descomposición, incluyan en su mochila una guía cartográfica de los parajes adyacentes a los que quieran visitar, dos o tres litrines más de agua y polvorones o pan seco, que dan mucho juego.
Otro día les comentaré cómo se puede acabar en un vertedero nuclear gracias al GPS por la Nacional 2.
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jueves, 7 de mayo de 2009
Mosquitos 2009
Cómo cambian los tiempos; hace un año me encontraba inmerso en una tormentosa relación con el radarcán -«Ya no me quieres», «Claro que no, cabrón, ¿has visto cómo me han dejado el brazo?»- dada su manifiesta inutilidad contra los mosquitos indígenas que merodean por mi zona. Estos bichos, zafándose del espurio funcionamiento del aparato, se alimentaban cual diputado de la sangre ajena y crecían rollizos en una esquina de la habitación.
Hoy he conseguido varios archivos de sonido de alta frecuencia que, según se piensa, pretenden ejercer de repelente con las mosquitas (recuerden, son ellas las que pican). Lo cierto es que ya había manejado archivos de este tipo y no les veía mayor utilidad, pero lo de hoy ha sido maravilloso, oigan, todo un descubrimiento: estaba yo leyendo -luz encendida, ventana abierta- y se me ha ocurrido pasar los archivos a la unidad móvil telefónica y ponerla en funcionamiento para contrarrestar el ataque de las bestias. En cuestión de cuatro minutos me he visto rodeado por no menos de nueve insectos devoradores, seis se posaban en brazos y piernas a discreción y los otros tres intentaban violar al teléfono con inusitada cachondez.
Ningún repelente que conozca y que no afecte a la estructura del edificio acaba por desterrar a las mosquitas picantonas, así que le he estado dando vueltas y como última medida desesperada se me ha ocurrido que este fin de semana voy a echarme cuatro o cinco copas al coleto y les voy a entrar. Como lo oyen, seguro que han visto alguna vez a ese sujeto discotequero que se acerca a las tías tambaleándose e intenta ligar o vayan ustedes a saber qué mientras éstas huyen despavoridas. ¿Qué les parece? Voy a esforzarme, se lo prometo.
Hoy he conseguido varios archivos de sonido de alta frecuencia que, según se piensa, pretenden ejercer de repelente con las mosquitas (recuerden, son ellas las que pican). Lo cierto es que ya había manejado archivos de este tipo y no les veía mayor utilidad, pero lo de hoy ha sido maravilloso, oigan, todo un descubrimiento: estaba yo leyendo -luz encendida, ventana abierta- y se me ha ocurrido pasar los archivos a la unidad móvil telefónica y ponerla en funcionamiento para contrarrestar el ataque de las bestias. En cuestión de cuatro minutos me he visto rodeado por no menos de nueve insectos devoradores, seis se posaban en brazos y piernas a discreción y los otros tres intentaban violar al teléfono con inusitada cachondez.
Ningún repelente que conozca y que no afecte a la estructura del edificio acaba por desterrar a las mosquitas picantonas, así que le he estado dando vueltas y como última medida desesperada se me ha ocurrido que este fin de semana voy a echarme cuatro o cinco copas al coleto y les voy a entrar. Como lo oyen, seguro que han visto alguna vez a ese sujeto discotequero que se acerca a las tías tambaleándose e intenta ligar o vayan ustedes a saber qué mientras éstas huyen despavoridas. ¿Qué les parece? Voy a esforzarme, se lo prometo.
Ponga un murciélago en su vida.
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jueves, 23 de abril de 2009
Lo de hoy
Los veintitreses de abril son fecha harto curiosa desde que Cristo dio las tres voces, bueno, un poco después, porque se rememora la hazaña que llevó a cabo sobre el siglo tercero un tipo de capa y espada que, con el yelmo calzado y la aureola luciendo cual neón, finiquitó a un bichejo verde, grande y algo arisco que escupía fuego por la boca. Ahora a esto lo llaman magnicidio y te pueden enchironar como te descuides; antaño era gimnasia muy aplaudida por los atemorizados vasallos feudales y por alguna que otra ‘lagarta’ con pretensiones de lucir marido fuertote.
La realidad es que San Jorge de Capadocia, el que salvó a los lugareños del monstruo en la leyenda, era un poquito chaquetero, porque mientras el dragón (sí, el bichejo era un dragón, no un diputado) se zampaba el ganado de los aldeanos -y cuando faltó éste, una persona diaria elegida por sorteo- estuvo jugando al tute, dando un órdago o vayan ustedes a saber qué, porque el amigo no movió un dedo. Ahora bien, el día que salió elegida la hija del rey le faltó tiempo para arrancarse a lanzazos con el dragón. No hay nada como tener proyectos.
Este día, el veintitrés de abril, pasa por ser el más estable en lo que a muebles se refiere, por aquello de que se celebra el día del libro y está feo ver una mesa o un armario cojos. Por lo demás sabemos que murieron Cervantes, Pla, y Shakespeare, aunque este último con un poquillo de trampa por aquello del desbarajuste de los calendarios.
La realidad es que San Jorge de Capadocia, el que salvó a los lugareños del monstruo en la leyenda, era un poquito chaquetero, porque mientras el dragón (sí, el bichejo era un dragón, no un diputado) se zampaba el ganado de los aldeanos -y cuando faltó éste, una persona diaria elegida por sorteo- estuvo jugando al tute, dando un órdago o vayan ustedes a saber qué, porque el amigo no movió un dedo. Ahora bien, el día que salió elegida la hija del rey le faltó tiempo para arrancarse a lanzazos con el dragón. No hay nada como tener proyectos.
Este día, el veintitrés de abril, pasa por ser el más estable en lo que a muebles se refiere, por aquello de que se celebra el día del libro y está feo ver una mesa o un armario cojos. Por lo demás sabemos que murieron Cervantes, Pla, y Shakespeare, aunque este último con un poquillo de trampa por aquello del desbarajuste de los calendarios.
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lunes, 20 de abril de 2009
El hombre, ese sujeto.

El ser humano masculino es un bicho muy peculiar, atento, simpático y, si me apuran, siempre con las miras en dirección a los puestos más avanzados de la evolución. En rigor es la Mujer, pero yo también me he despistado y he estado a punto de escribir otra cosa. Parece mentira la fotografía anterior, oigan, una imagen amable, cordial, buen rollito... Pero en realidad la señora ministra está diciendo para sus adentros "Os tengo pillados a todos por los huevos, y eso sin tocaros." Lo triste es que es verdad, bueno, si llega a pillar a alguno dejando la telequinesis y pasando al contacto puro y duro (reparen en el enigmático juego de palabras) la cosa deja de ser tan triste.La señora de la foto es Mara Carfgana, ministra italiana, y si estuviera Berlusconi presente ya habría desplazado al sujeto del pin que está por detrás y que no se sabe muy bien qué coño hace, para recrearse con sus movimientos maniaco-compulsivos, como cuando intentó cepillarse a la agente en plena calle.
Aquí tenemos un claro ejemplo de que los especímenes más espabilados son los que sobreviven.
Aquí el claro ejemplo de cómo el sistema neuronal del hombre se colapsa mientras los 'troyanos' sacuden a Dios dar. ¿Qué tipo de pelotas recogen los recoge-pelotas del tenis femenino?
Todo en esta foto es grande.
Este compañero es el campeón del mundo. Los salones del automóvil son la excusa segura para pasar un buen rato. Un servidor, cuando acudió al festival erótico, esperaba cosas más picantes, pero sólo encontró menudencias más ligeras que esta.Ya ven, tan sólo quería mostrarles el poder que tiene la mujer sobre el hombre sin comunicación verbal. Sabiendo esto, ustedes comprenderán que todos los adjetivos que sostienen ambos sexos son ciertos.
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domingo, 1 de marzo de 2009
La bragueta y la madre que la parió
Desde hace varios años me asalta una petite question (reparen en el francés tan apañado que gasto) que bien podría formar parte de lo que se conoce como Grandes Preguntas de la Humanidad. ¿Quién fue ese ser tan especial que inventó los pantalones con botones? Muchos de ustedes ya están abriendo la boca y exclamando “anda, coño, qué razón tienes”. Pues sí amigos, el tipo que inventó este sistema de abrochado mediante botones era un perfecto gilipollas.
Las conclusiones que aquí se disponen no aparecen de un día para otro recién levantado, no, aparecen cuando llevas dos horas de atasco, te estás meando y por fin consigues una letrina/esquina/meadero canino. Y aquello no se abre: el puto botón se ha enganchado y no cede. Y tú, que ya no eres un niño de seis años al que solamente con un botón le bastaba, comienzas a cagarte en el copón de Bullas y ves que te vas a mear encima. Está situación es muy embarazosa y bastante ridícula, porque con tanto movimiento de bragueta, más que mear, parece que te la estés meneando.
Los botones se inventaron para dar a entender que uno tiene el paquete más generoso que el que por sí tiene. Vean, si no, como la fila de botones ocupa más espacio en la vertical braguetera que una sencilla cremallera, lo que da una apariencia de tipo que está a la vuelta de todo. Por otro lado corre el mito de que los botones dejaron en la estacada al ‘crujimiento huevero’, al ‘te pillo y ya no corres’ y al ‘Dios mío, Dios mío, joder, qué daño’. Yo –y les hablo desde la sinceridad de un ciudadano que paga sus impuestos- nunca me he pillado el elemento articulado con la cremallera del pantalón. La secuencia, para aquellos que no sean muy duchos en el arte del desagüe pudoroso es esta: te bajas la cremallera; introduces la mano (o las manos) por la bragueta; extraes elemento conductor; ejecutas con precisión y puntería; chop, chop; introduces elemento conductor por la bragueta y cierras la cremallera con un ligero tirón hacia fuera para evitar posibles accidentes. Y luego, por supuesto, te lavas las manos y no eres un cerdo. Después de escribir esto me pregunto de qué modo meará la gente para acabar sangrando como gorrinos en matanza o con las pelotas enrailadas.
Les comento estas cosas porque últimamente estoy teniendo problemas para desabotonar un pantalón vaquero, lo que me ha hecho pensar que, si fuera putero aficionado, me cobrarían un plus de apertura por cada mamada. Y no está la cosa para andar derrochando, oigan. O piensen en ese momento de calentón de aquí te pillo aquí te mato. Vamos, es para aburrir a cualquiera.
Desde aquí les invito a que den su opinión acerca de si es más funcional una bragueta de botones o de cremallera (siempre en el caso de seres humanos con pito). A mí, la verdad, cada día me da más quebraderos de cabeza, pero oigan, al final, qué gustirrinín.
Las conclusiones que aquí se disponen no aparecen de un día para otro recién levantado, no, aparecen cuando llevas dos horas de atasco, te estás meando y por fin consigues una letrina/esquina/meadero canino. Y aquello no se abre: el puto botón se ha enganchado y no cede. Y tú, que ya no eres un niño de seis años al que solamente con un botón le bastaba, comienzas a cagarte en el copón de Bullas y ves que te vas a mear encima. Está situación es muy embarazosa y bastante ridícula, porque con tanto movimiento de bragueta, más que mear, parece que te la estés meneando.
Los botones se inventaron para dar a entender que uno tiene el paquete más generoso que el que por sí tiene. Vean, si no, como la fila de botones ocupa más espacio en la vertical braguetera que una sencilla cremallera, lo que da una apariencia de tipo que está a la vuelta de todo. Por otro lado corre el mito de que los botones dejaron en la estacada al ‘crujimiento huevero’, al ‘te pillo y ya no corres’ y al ‘Dios mío, Dios mío, joder, qué daño’. Yo –y les hablo desde la sinceridad de un ciudadano que paga sus impuestos- nunca me he pillado el elemento articulado con la cremallera del pantalón. La secuencia, para aquellos que no sean muy duchos en el arte del desagüe pudoroso es esta: te bajas la cremallera; introduces la mano (o las manos) por la bragueta; extraes elemento conductor; ejecutas con precisión y puntería; chop, chop; introduces elemento conductor por la bragueta y cierras la cremallera con un ligero tirón hacia fuera para evitar posibles accidentes. Y luego, por supuesto, te lavas las manos y no eres un cerdo. Después de escribir esto me pregunto de qué modo meará la gente para acabar sangrando como gorrinos en matanza o con las pelotas enrailadas.
Les comento estas cosas porque últimamente estoy teniendo problemas para desabotonar un pantalón vaquero, lo que me ha hecho pensar que, si fuera putero aficionado, me cobrarían un plus de apertura por cada mamada. Y no está la cosa para andar derrochando, oigan. O piensen en ese momento de calentón de aquí te pillo aquí te mato. Vamos, es para aburrir a cualquiera.
Desde aquí les invito a que den su opinión acerca de si es más funcional una bragueta de botones o de cremallera (siempre en el caso de seres humanos con pito). A mí, la verdad, cada día me da más quebraderos de cabeza, pero oigan, al final, qué gustirrinín.
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jueves, 12 de febrero de 2009
Cosas que pasan
Buenos días, ¿me han echado en falta? Yo no.
Desde que sopló el vendaval ‘España Cañí’ no he tenido la posibilidad de conectarme a la soga metálica que pasa cerca de donde vivo, esa que me comunica con el populacho de esta barraca. Les voy a dejar unas fotillos por aquí, para que vean la razón por la que no he tenido luz ni agua durante una semana, ni teléfono hasta ahora.
Durante estas semanas han pasado algunas cosas que nunca debieron haber pasado o, en todo caso, deben pasar cuando el ciclo biológico natural de una persona llega a su fin, sobre los ochenta y tantos años, y no a los veinticuatro. Pero la vida es una puta mierda y a veces nos desgañita hasta rompernos la garganta. Por eso intuyo que la cosa busca su equilibrio en que aprovechemos lo que tenemos, lo exprimamos para sacar el mejor partido posible y así lograr otras cosas. No me pregunten qué cosas, que no las sé. Pero seguro que hay algo. Ahí fuera. O no.

Desde que sopló el vendaval ‘España Cañí’ no he tenido la posibilidad de conectarme a la soga metálica que pasa cerca de donde vivo, esa que me comunica con el populacho de esta barraca. Les voy a dejar unas fotillos por aquí, para que vean la razón por la que no he tenido luz ni agua durante una semana, ni teléfono hasta ahora.
Durante estas semanas han pasado algunas cosas que nunca debieron haber pasado o, en todo caso, deben pasar cuando el ciclo biológico natural de una persona llega a su fin, sobre los ochenta y tantos años, y no a los veinticuatro. Pero la vida es una puta mierda y a veces nos desgañita hasta rompernos la garganta. Por eso intuyo que la cosa busca su equilibrio en que aprovechemos lo que tenemos, lo exprimamos para sacar el mejor partido posible y así lograr otras cosas. No me pregunten qué cosas, que no las sé. Pero seguro que hay algo. Ahí fuera. O no.

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miércoles, 4 de febrero de 2009
Tecnic problemus
Tengo la internete fundida desde el temporal que azotó nuestras cabezas; ustedes sabrán disculparme. Espero que reparen pronto las líneas.
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jueves, 1 de enero de 2009
2009: revoltijo neuronal
He querido dejar pasar unas horas de dos mil nueve para notar los cambios, ya saben, lo que se consiente representar después de que la gente te desee una feliz salida y entrada de año –que por otra parte es una frase-gilipollez, ustedes disculpen- y la famosa retahíla de benevolencias que deja caer todo el mundo por estas fechas. Oigan, que no. Les aseguro que esta mañana he ido a mear y la tenía en su sitio, que mi mundo sigue girando sobre su eje y que la mierda que echaban anoche en la tele hoy apesta un poco más. Tampoco he crecido más allá de la expansión de los cartílagos, lo que no deja de ser una putada. Como le pasará a la mayoría de ustedes, digo yo, sus vidas no han mutado de un modo repentino ni su alma ha experimentado una desmembración de la carne; y no, no me vengan con la excusa de que ahora lo ven todo con un contraste diferente, porque les aseguro que eso tiene mucho que ver con la media docena de botellas vacías que se amontonan en sus fregaderos.
Ayer se rompió el año en mil pedazos, ¡y qué! La puesta a punto anual del 31 de diciembre la veo, desde hace algunos lustros, como un trámite algo soso, aunque este año haya tenido su gracia por un sujeto de tamaño pequeño que iba diciendo “voy” a cada campanazo, con el subsiguiente descojone colectivo.
Hoy es uno de enero de dos mil nueve, tampoco merece mayor precisión porque la vida sigue, no se para en seco y dice “hasta aquí hemos llegado, chato”. Quizá para alguien ése sí sea el caso, pero por lo general ahora toca batallar con lo que nos queda por venir. Yo tengo la mente aletargada y voy a necesitar un chute de algo, no sé de qué; les estaré agradecido si me ayudan a encontrarlo.
Ayer se rompió el año en mil pedazos, ¡y qué! La puesta a punto anual del 31 de diciembre la veo, desde hace algunos lustros, como un trámite algo soso, aunque este año haya tenido su gracia por un sujeto de tamaño pequeño que iba diciendo “voy” a cada campanazo, con el subsiguiente descojone colectivo.
Hoy es uno de enero de dos mil nueve, tampoco merece mayor precisión porque la vida sigue, no se para en seco y dice “hasta aquí hemos llegado, chato”. Quizá para alguien ése sí sea el caso, pero por lo general ahora toca batallar con lo que nos queda por venir. Yo tengo la mente aletargada y voy a necesitar un chute de algo, no sé de qué; les estaré agradecido si me ayudan a encontrarlo.
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jueves, 30 de octubre de 2008
Ya está aquí
-Buenos días, soy el Señor Frío.
-…mmmmpppffff ¿ein?
-He venido a hacerte una visita.
-No tenías por qué.
-Oh, je, je, no me cuesta nada.
-Insisto, de verdad, no t…
-Que sí, coño, que ya estoy aquí. Hala, levanta mamón.
Bien, yo por las noches suelo dormir o lo que sea con la ventana abierta y agazapado bajo las mantas, pero esta mañana me he levantado destapado, medio en pelotas y con un biruji que me ha hecho dudar por un instante de mi condición masculina “¡Dios, dónde está!”, así que una de dos: o he compartido sueño con una pelirroja pecosilla risueña, insomne y muy alegre o el perro se ha colado en mi habitación y ha trajinado por la cama abusando más de lo que debiera. Esto último dicho así, a bocajarro, me acojona bastante así que me engañaré pensando que he tenido diversas vacilaciones con la señorita pizpireta, que siempre es más agradable y bien pudiera ser la mejor manera de comenzar el día, ¿no creen? Joder, pues yo sí.
Se habrán dado cuenta de que hace frío; el dolor intenso que padecen en la punta de los dedos no se debe a que hayan puesto las cadenas al coche, estoy convencido de que ustedes nunca se rebajarían a tal obscenidad. Yo, que soy un pervertido y suelo caer en estas complacencias, les puedo asegurar que el dolor que se sufre al trabajar en la nieve con las manos desnudas es comparable a cuando la suegra te pilla mirándole las tetas o palpando el trasero a su hija, bueno, no sé si tanto, pero por ahí andará. En todo caso, para no amilanarse en ninguna de las dos situaciones, lo mejor es trasegarse un lingotazo de tinto de la Ribera, que engrana las voluntades y espanta los malos pensamientos.
El frío, a grandes rasgos, es la ausencia de calor. Esta es una definición que, quien la pronuncia con tono solemne y ante el público algo apabullado, se cree un orador de la antigua Roma y hasta le toman por listo. Vamos a ver: si hace frío es que no hace calor. No tiene mayor misterio.
El frío no sienta demasiado bien a los ánimos, en invierno uno se queda pensando más de lo debido en las vidas ajenas, en cómo de alguna manera podrían confluir para intercambiar experiencias y esas cosas, una especie de fuelle del destino al que todos nos vemos abocados. Lo mejor es echarte una bufanda al cuello bien apretada para que se te vaya pasando la tontería.
El asunto más desagradable de un día de frío es el frío, porque es un concepto que nadie acaba de entender; oigan, pudiendo hacer calorcete por qué le da al tiempo por ponerse serio y marear, ¿acaso nos hemos metido con el sol? ¿Le hemos tirado piedras? ¿Entonces, por qué se larga? Lo cierto es que lo de las piedras… euh… a ver, yo de pequeño decía que llegaba con el tirachinas al centro mismo del sol, esto es, que apuntaba hacia el objetivo achinando los ojos y disparaba, y como nadie tenía cojones de mirar de frente a ver dónde caía el pedrusco nunca me quitaban la razón. Es lo bueno de ser un niño: sin perder la inocencia eres más humano que los adultos.
Cuando era un poco más chiquitín me agencié unas orejeras azules, peludas, de mucha representación y que daban un calorcito la mar de agradable. No es una prenda al uso, pero cuando pica de verdad el frío te puede sacar de más de un apuro.
-¿Y cuando te roban el bañador en la playa?
-Eso depende.
Luego está la lluvia; lo de la lluvia es puro cachondeo porque te levantas, abres la ventana y rápidamente se cuela una vocecilla que alargando la última sílaba exclama “¡Te vas a mojar!”, mientras piensas “Jojo, pinta tiene, pero yo gasto paraguas.” Como es natural sales a la calle y llueve de lado, no sabes explicar por qué, si no hace viento pero, claro, te mojas. Esto no es muy normal, pero a mí me pasa.
No alardeen con que son de Bilbao o de Matalosmojinos y abríguense, saquen patatas y castañas a la ventana, que se ahorrarán trabajo porque hace un frío que pela.
-¿No te se ocurre na mejor?
-Pos no, que me s'aelao el hentendimiento.
-…mmmmpppffff ¿ein?
-He venido a hacerte una visita.
-No tenías por qué.
-Oh, je, je, no me cuesta nada.
-Insisto, de verdad, no t…
-Que sí, coño, que ya estoy aquí. Hala, levanta mamón.
Bien, yo por las noches suelo dormir o lo que sea con la ventana abierta y agazapado bajo las mantas, pero esta mañana me he levantado destapado, medio en pelotas y con un biruji que me ha hecho dudar por un instante de mi condición masculina “¡Dios, dónde está!”, así que una de dos: o he compartido sueño con una pelirroja pecosilla risueña, insomne y muy alegre o el perro se ha colado en mi habitación y ha trajinado por la cama abusando más de lo que debiera. Esto último dicho así, a bocajarro, me acojona bastante así que me engañaré pensando que he tenido diversas vacilaciones con la señorita pizpireta, que siempre es más agradable y bien pudiera ser la mejor manera de comenzar el día, ¿no creen? Joder, pues yo sí.
Se habrán dado cuenta de que hace frío; el dolor intenso que padecen en la punta de los dedos no se debe a que hayan puesto las cadenas al coche, estoy convencido de que ustedes nunca se rebajarían a tal obscenidad. Yo, que soy un pervertido y suelo caer en estas complacencias, les puedo asegurar que el dolor que se sufre al trabajar en la nieve con las manos desnudas es comparable a cuando la suegra te pilla mirándole las tetas o palpando el trasero a su hija, bueno, no sé si tanto, pero por ahí andará. En todo caso, para no amilanarse en ninguna de las dos situaciones, lo mejor es trasegarse un lingotazo de tinto de la Ribera, que engrana las voluntades y espanta los malos pensamientos.
El frío, a grandes rasgos, es la ausencia de calor. Esta es una definición que, quien la pronuncia con tono solemne y ante el público algo apabullado, se cree un orador de la antigua Roma y hasta le toman por listo. Vamos a ver: si hace frío es que no hace calor. No tiene mayor misterio.
El frío no sienta demasiado bien a los ánimos, en invierno uno se queda pensando más de lo debido en las vidas ajenas, en cómo de alguna manera podrían confluir para intercambiar experiencias y esas cosas, una especie de fuelle del destino al que todos nos vemos abocados. Lo mejor es echarte una bufanda al cuello bien apretada para que se te vaya pasando la tontería.
El asunto más desagradable de un día de frío es el frío, porque es un concepto que nadie acaba de entender; oigan, pudiendo hacer calorcete por qué le da al tiempo por ponerse serio y marear, ¿acaso nos hemos metido con el sol? ¿Le hemos tirado piedras? ¿Entonces, por qué se larga? Lo cierto es que lo de las piedras… euh… a ver, yo de pequeño decía que llegaba con el tirachinas al centro mismo del sol, esto es, que apuntaba hacia el objetivo achinando los ojos y disparaba, y como nadie tenía cojones de mirar de frente a ver dónde caía el pedrusco nunca me quitaban la razón. Es lo bueno de ser un niño: sin perder la inocencia eres más humano que los adultos.
Cuando era un poco más chiquitín me agencié unas orejeras azules, peludas, de mucha representación y que daban un calorcito la mar de agradable. No es una prenda al uso, pero cuando pica de verdad el frío te puede sacar de más de un apuro.
-¿Y cuando te roban el bañador en la playa?
-Eso depende.
Luego está la lluvia; lo de la lluvia es puro cachondeo porque te levantas, abres la ventana y rápidamente se cuela una vocecilla que alargando la última sílaba exclama “¡Te vas a mojar!”, mientras piensas “Jojo, pinta tiene, pero yo gasto paraguas.” Como es natural sales a la calle y llueve de lado, no sabes explicar por qué, si no hace viento pero, claro, te mojas. Esto no es muy normal, pero a mí me pasa.
No alardeen con que son de Bilbao o de Matalosmojinos y abríguense, saquen patatas y castañas a la ventana, que se ahorrarán trabajo porque hace un frío que pela.
-¿No te se ocurre na mejor?
-Pos no, que me s'aelao el hentendimiento.
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miércoles, 29 de octubre de 2008
viernes, 24 de octubre de 2008
Loquillo, leyenda urbana
Anoche estuve –debiera decir he estado, pero es que no me adapto a la norma- en la presentación del documental Loquillo, leyenda urbana, en un festival de cine en el centro de la ciudad. El Loco, tras terminar el documental, se regaló con un pequeño repertorio para alborozo del asistente, que era bien variado y plagado de mozas en estado de merecer… “Todo el mundo quiere oler sus medias, todo el mundo le invita a lo que tiene, puede ser un desespero, por amor o por dinero nunca serás el primero…”

La previa al estreno se cubrió con media hora de búsqueda de aparcamiento, con unas ganas de mear infinitas y bajo la presión de un tráfico intenso. Barajé las posibilidades de echar el freno en medio de la calle y dejarlo allí o meter el troncomóvil en un parking; no tuve otra que acudir a este último y mantener una animada conversación con el vigilante.
Vigilante: ¿Ya sabe que se forman largas colas al salir?
Servidor: Bueno, me resignaré.
Vigilante: …
Servidor: …
Vigilante: Ya le digo que se forman largas colas.
Servidor: Lo sé, pero voy al cine.
Vigilante: Sobre las once de la noche, así que es mejor que se vaya a tomar algo o por ahí, porque aquí la gente a veces pierde los nervios.
Servidor: …
En la cola me encontré con unos amiguetes, uno de los cuales, al ver a las azafatas rubias, pechugonas y muy aparentes, se decidió a entrar conmigo. La verdad es que no estaban nada mal, así da gusto ir al cine: que te reciban a corazón abierto y con generosidad. Ajá, soy un tío y no tengo que disculparme por esto y por otras muchas cosas, para que vaya quedando claro.
El documental estuvo la mar de bien. Técnicamente ignoro si el andamiaje era bueno o malo, yo voy por ver a Loquillo, que es un tío con la cabeza bien amueblada y un cantante cojonudo.
Al acabar, durante el pequeño concierto que el Loco dio, me pasó algo que nunca me había ocurrido, una especie de comunión que no sé bien cómo explicar. Bueno, sí: el Loco desde la tarima y yo desde segunda fila cantamos el estribillo de Línea clara mirándonos a los ojos. En un principio pensaba que tenía la vista clavada en un punto indefinido entre el público, hasta que de repente hice una mueca con la boca, él me la copió y nos reímos. Fueron siete u ocho segundos bastante curiosos de los que jamás quedará más constancia que la que en este párrafo se relata. Ahí queda eso.
Gran documental, gran concierto, gran personaje y un tipo que es un fenómeno, que se emociona por el calor de la gente y lo agradece. No por parecer un chulo arrogante se ha de ser un hijo de puta; esto hace ya muchos años que lo tengo claro. Los prejuicios son para los débiles.
“Dicen que me repito,
de lo claro que hablo
porque milito en la razón
del pensamiento ilustrado.”

La previa al estreno se cubrió con media hora de búsqueda de aparcamiento, con unas ganas de mear infinitas y bajo la presión de un tráfico intenso. Barajé las posibilidades de echar el freno en medio de la calle y dejarlo allí o meter el troncomóvil en un parking; no tuve otra que acudir a este último y mantener una animada conversación con el vigilante.
Vigilante: ¿Ya sabe que se forman largas colas al salir?
Servidor: Bueno, me resignaré.
Vigilante: …
Servidor: …
Vigilante: Ya le digo que se forman largas colas.
Servidor: Lo sé, pero voy al cine.
Vigilante: Sobre las once de la noche, así que es mejor que se vaya a tomar algo o por ahí, porque aquí la gente a veces pierde los nervios.
Servidor: …
En la cola me encontré con unos amiguetes, uno de los cuales, al ver a las azafatas rubias, pechugonas y muy aparentes, se decidió a entrar conmigo. La verdad es que no estaban nada mal, así da gusto ir al cine: que te reciban a corazón abierto y con generosidad. Ajá, soy un tío y no tengo que disculparme por esto y por otras muchas cosas, para que vaya quedando claro.
El documental estuvo la mar de bien. Técnicamente ignoro si el andamiaje era bueno o malo, yo voy por ver a Loquillo, que es un tío con la cabeza bien amueblada y un cantante cojonudo.
Al acabar, durante el pequeño concierto que el Loco dio, me pasó algo que nunca me había ocurrido, una especie de comunión que no sé bien cómo explicar. Bueno, sí: el Loco desde la tarima y yo desde segunda fila cantamos el estribillo de Línea clara mirándonos a los ojos. En un principio pensaba que tenía la vista clavada en un punto indefinido entre el público, hasta que de repente hice una mueca con la boca, él me la copió y nos reímos. Fueron siete u ocho segundos bastante curiosos de los que jamás quedará más constancia que la que en este párrafo se relata. Ahí queda eso.
Gran documental, gran concierto, gran personaje y un tipo que es un fenómeno, que se emociona por el calor de la gente y lo agradece. No por parecer un chulo arrogante se ha de ser un hijo de puta; esto hace ya muchos años que lo tengo claro. Los prejuicios son para los débiles.
“Dicen que me repito,
de lo claro que hablo
porque milito en la razón
del pensamiento ilustrado.”
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miércoles, 22 de octubre de 2008
Un paseo por el campo
Seguro que alguna vez han salido a caminar por el campo; es un menester sanote y muy saludable que llena los pulmones con aire de buena sustancia, tonifica las piernas y lima las asperezas del espíritu.
Yo tuve una novia a la que le gustaba salir por el monte con tacones de aguja; según decía –aun a riesgo de descrismarse-, caminar con los talones en alto hace trabajar los gemelos, y una tía con las pantorrillas apretadas siempre es de lo más sexy. Esto último no lo dijo ella, que lo digo yo, pero bien vale una verdad.
-Mujer, como pises tan fuerte esto va a parecer un campo de cebollinos.
-¿Y una playa?
-Sí, una playa también.
Nunca supe si lo hacía con intenciones de proyectarme una buena patada a la altura el bañador o porque era conocedora de que una chica deportista –además de otras gimnásticas aptitudes- está muy buena.
Te levantas una mañana, la del día de tu boda, y dices “coño, me voy a caminar para templar los ánimos.” Y, claro, te calzas las chirucas, agarras el cayado, te cuelgas la bota con el clarete y te echas al monte. De repente te encuentras yendo por el campo cantando el Carrasclás, valle arriba, barranco abajo, con animalicos por todas partes, y descubres que el camino desaparece o se convierte en dos caminos o, sospechosamente, en tres. En ese momento sacas un mapa topográfico del macuto porque eres un tipo previsor, de los de tiritas y agua oxigenada, y te das cuenta de que el camino que debes tomar está… más allá del borde del mapa. Ignoro si les ha pasado alguna vez, pero se te queda una cara de gilipollas muy festejada.
-¿Por la boda?
-No, idiota, por… Dejémoslo.
A mí algo parecido me pasó una vez y fue la mar de divertido, bueno, la verdad es que no fue tan divertido porque ya me había pateado algo más de quince kilómetros por camino de cabras legionarias. Tenía el mapa de la comarca, por lo que conocía las idas y venidas del terreno, pero se conoce que hay zonas de algunas comarcas que son bastardas y algo desheredadas, esto es, que no se hallan en el mapa por algún pecado que se mantiene en el disimulo y, claro, no se pueden calcular las distancias más que a ojo lagartijero, así que tuve que guiarme por el río, que discurría un centenar de metros barranco abajo, y por un caballo algo desgarbado que venía siguiéndome. La gesta culminó cuando llegué donde debía, una ermita cerrada, sujeto a la norma del sacrificio y tras cinco horas de camino, acusando la falta de comida y de agua “¡Has sido tú! ¡No, yo no!”. La segunda porque había sudado como gorrino en matanza y la primera… ¿adivinan cómo me deshice del caballo? Pues ya ven. A esto súmenle un siniestro calambre en ambas rodillas y una vuelta al hogar entre rezos, lloros y lamentaciones.
Pasear por el campo conlleva el encuentro con los fantasmas que se reflejan en el espejo y acaban huyendo contigo en paralelo, asustados por los extraños ruidos del bosque mientras os cruzáis vistazos de admiración.
Yo tuve una novia a la que le gustaba salir por el monte con tacones de aguja; según decía –aun a riesgo de descrismarse-, caminar con los talones en alto hace trabajar los gemelos, y una tía con las pantorrillas apretadas siempre es de lo más sexy. Esto último no lo dijo ella, que lo digo yo, pero bien vale una verdad.
-Mujer, como pises tan fuerte esto va a parecer un campo de cebollinos.
-¿Y una playa?
-Sí, una playa también.
Nunca supe si lo hacía con intenciones de proyectarme una buena patada a la altura el bañador o porque era conocedora de que una chica deportista –además de otras gimnásticas aptitudes- está muy buena.
Te levantas una mañana, la del día de tu boda, y dices “coño, me voy a caminar para templar los ánimos.” Y, claro, te calzas las chirucas, agarras el cayado, te cuelgas la bota con el clarete y te echas al monte. De repente te encuentras yendo por el campo cantando el Carrasclás, valle arriba, barranco abajo, con animalicos por todas partes, y descubres que el camino desaparece o se convierte en dos caminos o, sospechosamente, en tres. En ese momento sacas un mapa topográfico del macuto porque eres un tipo previsor, de los de tiritas y agua oxigenada, y te das cuenta de que el camino que debes tomar está… más allá del borde del mapa. Ignoro si les ha pasado alguna vez, pero se te queda una cara de gilipollas muy festejada.
-¿Por la boda?
-No, idiota, por… Dejémoslo.
A mí algo parecido me pasó una vez y fue la mar de divertido, bueno, la verdad es que no fue tan divertido porque ya me había pateado algo más de quince kilómetros por camino de cabras legionarias. Tenía el mapa de la comarca, por lo que conocía las idas y venidas del terreno, pero se conoce que hay zonas de algunas comarcas que son bastardas y algo desheredadas, esto es, que no se hallan en el mapa por algún pecado que se mantiene en el disimulo y, claro, no se pueden calcular las distancias más que a ojo lagartijero, así que tuve que guiarme por el río, que discurría un centenar de metros barranco abajo, y por un caballo algo desgarbado que venía siguiéndome. La gesta culminó cuando llegué donde debía, una ermita cerrada, sujeto a la norma del sacrificio y tras cinco horas de camino, acusando la falta de comida y de agua “¡Has sido tú! ¡No, yo no!”. La segunda porque había sudado como gorrino en matanza y la primera… ¿adivinan cómo me deshice del caballo? Pues ya ven. A esto súmenle un siniestro calambre en ambas rodillas y una vuelta al hogar entre rezos, lloros y lamentaciones.
Pasear por el campo conlleva el encuentro con los fantasmas que se reflejan en el espejo y acaban huyendo contigo en paralelo, asustados por los extraños ruidos del bosque mientras os cruzáis vistazos de admiración.
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lunes, 6 de octubre de 2008
Er furbo (y II)
El viernes pasado comenzó la liguilla futbolera ‘2008-Dios proveerá’ con un frío del carajo que, a más de uno, hizo que le crujiesen las bisagras y perdiese la sensación de peso que se le generó en la entrepierna cuando cumplió los quince; el equipo, como es natural, acudió a la pachanga mostrando sus más altas cotas de seriedad.
-¿Tienes esparadrapo?
-Cinta aislante.
-Joder… ¿Y Reflex?
-Na, pero echa un trago de esto, que es lo mismo.
En la media parte todo iba bien: nosotros ganando, las chicas de los de enfrente se habían cambiado de bando “Oye, creo que vamos con estos, son mejores” (sic), el árbitro borracho como una cuba y todos más contentos que unas pascuas. Al árbitro hubo que cambiarlo, como la pila del mp3, aunque en este caso se cambió él solito porque se largó en el descanso y no volvió pues no se tenía de pie el buen hombre; una cosa muy cachonda. A mí ya me había extrañado que le diese lo mismo que un tío del otro equipo regatease con las manos o que echase un pestuzo a aguardiente de no te menees, pero oigan, ya se sabe que esto es cuestión de opiniones.
Acabamos dando una soba importante al otro equipo, trabajándoles el estómago con goleada incluida, todo por el mismo precio. Este año no va a haber quien nos pare.
Al margen de la crónica me gustaría aclarar que nunca he entendido por qué los tíos conocen todos los equipos de primera, de segunda y de tercera regional, con entrenadores, árbitros y utilero incluidos. Un equipo de fútbol es como un país (algo más pequeño en tamaño pero no en importancia) donde el que corta el bacalao choricea de aquí y de allá y los que le rodean ya ni les cuento. Un equipo/club/entidad deportiva tiene elecciones y, últimamente se rumorea que hasta columbario. Tócate los cojones, Benita. Es como un serial radiofónico o novela río donde nunca se sabe muy bien lo que va a pasar: los jugadores que mienten y desmienten; el periodista que se erige en salvador y pretende derrocar al presi o al entrenador de turno; la simpatizante simpática que más que picarle el billete le han rejoneado el bonobús y cosas por el estilo.
Por las mañanas, en este país, el diario deportivo es lo que más se lee –puedes equivocarte con el pasaje de avión, pero conocerás con pelos y señales el estado anímico del portero del Spartak de Puertourraco. Cuando hay partido los programas de radio ceden su tiempo a la sección deportiva para que retransmitan el Sotillo-Cuescolobo y aquí no pasa nada, aunque es casi místico el poder oír cantar un gol al locutor, ojo. La conversación en las cafeterías y en las obras gira en torno al universo fútbol que es, por otra parte, una medida eficacísima para ensombrecer las preocupaciones diarias y para llenar el tiempo muerto de muchos que no saben qué hacer.
Siempre he creído que el fútbol es un poco como el sexo: hay que hacerlo o en su defecto verlo, pero no leerlo (y mucho menos que te lo cuenten, que es una vulgaridad). Con el primero se trata de jugarlo o disfrutar de algún partido importante con los amiguetes y unas cañitas. Con el segundo hay que encomendarse a la Virgen de los Milagros y, si es cierto aquello de que nos quedaremos todos ciegos por no sé qué, no darle importancia a esos videos picantones de Disney que andan por ahí.
Hace algún tiempo estuvimos pensando en apuntarnos a la liga femenina, por lo del pantalón corto, porque joder con el pant… Digo que por aquello de la igualdad y la integración y la confraternización y… bueno, ya saben.
Al final la gente se rajó; todos son muy gallitos cuando hablan -que si yo tal; que le hago un siete y esta se entera; a bocaos óyeme, a bocaos- pero a la hora de la verdad ahuecan el ala que da gusto. Todo muy fino.
-¿…? Eh, que pareces una tía.
-Joder, sí. Creo que necesito ayuda.
El fútbol es capaz de parar un país, si no que se lo pregunten a los brasileños cuando ganan los mundiales. Allí no trabaja ni Dios porque es fiesta nacional, y si no lo fuera tampoco trabajaría nadie a causa de la torta y la resaca posterior.
-¿Tienes esparadrapo?
-Cinta aislante.
-Joder… ¿Y Reflex?
-Na, pero echa un trago de esto, que es lo mismo.
En la media parte todo iba bien: nosotros ganando, las chicas de los de enfrente se habían cambiado de bando “Oye, creo que vamos con estos, son mejores” (sic), el árbitro borracho como una cuba y todos más contentos que unas pascuas. Al árbitro hubo que cambiarlo, como la pila del mp3, aunque en este caso se cambió él solito porque se largó en el descanso y no volvió pues no se tenía de pie el buen hombre; una cosa muy cachonda. A mí ya me había extrañado que le diese lo mismo que un tío del otro equipo regatease con las manos o que echase un pestuzo a aguardiente de no te menees, pero oigan, ya se sabe que esto es cuestión de opiniones.
Acabamos dando una soba importante al otro equipo, trabajándoles el estómago con goleada incluida, todo por el mismo precio. Este año no va a haber quien nos pare.
Al margen de la crónica me gustaría aclarar que nunca he entendido por qué los tíos conocen todos los equipos de primera, de segunda y de tercera regional, con entrenadores, árbitros y utilero incluidos. Un equipo de fútbol es como un país (algo más pequeño en tamaño pero no en importancia) donde el que corta el bacalao choricea de aquí y de allá y los que le rodean ya ni les cuento. Un equipo/club/entidad deportiva tiene elecciones y, últimamente se rumorea que hasta columbario. Tócate los cojones, Benita. Es como un serial radiofónico o novela río donde nunca se sabe muy bien lo que va a pasar: los jugadores que mienten y desmienten; el periodista que se erige en salvador y pretende derrocar al presi o al entrenador de turno; la simpatizante simpática que más que picarle el billete le han rejoneado el bonobús y cosas por el estilo.
Por las mañanas, en este país, el diario deportivo es lo que más se lee –puedes equivocarte con el pasaje de avión, pero conocerás con pelos y señales el estado anímico del portero del Spartak de Puertourraco. Cuando hay partido los programas de radio ceden su tiempo a la sección deportiva para que retransmitan el Sotillo-Cuescolobo y aquí no pasa nada, aunque es casi místico el poder oír cantar un gol al locutor, ojo. La conversación en las cafeterías y en las obras gira en torno al universo fútbol que es, por otra parte, una medida eficacísima para ensombrecer las preocupaciones diarias y para llenar el tiempo muerto de muchos que no saben qué hacer.
Siempre he creído que el fútbol es un poco como el sexo: hay que hacerlo o en su defecto verlo, pero no leerlo (y mucho menos que te lo cuenten, que es una vulgaridad). Con el primero se trata de jugarlo o disfrutar de algún partido importante con los amiguetes y unas cañitas. Con el segundo hay que encomendarse a la Virgen de los Milagros y, si es cierto aquello de que nos quedaremos todos ciegos por no sé qué, no darle importancia a esos videos picantones de Disney que andan por ahí.
Hace algún tiempo estuvimos pensando en apuntarnos a la liga femenina, por lo del pantalón corto, porque joder con el pant… Digo que por aquello de la igualdad y la integración y la confraternización y… bueno, ya saben.
Al final la gente se rajó; todos son muy gallitos cuando hablan -que si yo tal; que le hago un siete y esta se entera; a bocaos óyeme, a bocaos- pero a la hora de la verdad ahuecan el ala que da gusto. Todo muy fino.
-¿…? Eh, que pareces una tía.
-Joder, sí. Creo que necesito ayuda.
El fútbol es capaz de parar un país, si no que se lo pregunten a los brasileños cuando ganan los mundiales. Allí no trabaja ni Dios porque es fiesta nacional, y si no lo fuera tampoco trabajaría nadie a causa de la torta y la resaca posterior.
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domingo, 28 de septiembre de 2008
Feria del libro (I)
Acabo de volver ahora mismito (oigh) de la feria del libro, y lo cierto es que ha sido un poco lo de siempre. El año pasado, como estábamos montados a horcajadas del euro, pude echar mano de la billetera con mucho más entusiasmo. Este año, con la crisis –que más que un latigazo parece una lavativa- la cosa ha sido bastante sobria y un poquito triste.
Un día de estos les hablaré sobre la feria del libro y todo lo que conlleva: precios, tipos de libreros, plastas seudointelectuales, estrategias para no ser engullidos por la masa y esas cosas, porque ahora me ha entrado el sueño tontorrón, así que ustedes sabrán disculparme.
Buenas noches.
Un día de estos les hablaré sobre la feria del libro y todo lo que conlleva: precios, tipos de libreros, plastas seudointelectuales, estrategias para no ser engullidos por la masa y esas cosas, porque ahora me ha entrado el sueño tontorrón, así que ustedes sabrán disculparme.
Buenas noches.
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viernes, 26 de septiembre de 2008
De árboles frutales
Tengo un peral en el huerto que este año, con eso de las lluvias y el latigazo de la crisis, le ha dado por echar frutos para alborozo de los circunstantes: unas peras grandes, olorosas, peras enormes, suaves y jugosas, peras limoneras. Los más atrevidos pueden recrearse en el astuto juego de palabras, que otros ya lo han hecho.
Los árboles frutales, así como las novias, son bastante caprichosos en lo que a dar se refiere; uno se pasa el año pensando “¿Dará y podré comer? ¿No dará? ¿Nos apañaremos con el espantapájaros como el año pasado? Dios, cómo me gustaría ser alto.”
Al árbol frutal –como a la novia- lo tiene que cuidar con mimo el hortelano, escardando y removiendo la tierra de su alrededor y regándolo de vez en cuando para que crezca y no se quede mustio.
El asunto de los abonos es muy interesante; se trata de una especie de ‘algo’ (estiércol, bombones, nitrógeno…), muy pequeño y de aroma sutil eso sí, que se ocupa de dar collejas a las plantas rezagadas.
-¡Crece!
-¡No quiero!
-¡Zasca! (colleja onomatopéyica)
-¡Jo!
Y la planta aprieta el culo y crece con un vigor y un porte sanotes que dan gusto.
Desde que conocí la composición del estiércol natural, lo que conocemos como ‘caca de bicho’, siempre me imaginé a un payés de cuclillas, haciendo fuerza y con cara de circunstancias sobre las verdes tomateras. Piénsenlo bien, es uno de los mejores métodos para hacer sostenible el planeta: te zampas las judías, regeneras el sobrante y a los pocos meses tienes unos tomates la mar de saludables. Los que hayan puesto cara de asco que se informen sobre el agua con que riegan las hortalizas que canjean en la tienda por la mitad de su sueldo; seguro que ya no les hará tanta gracia aquello de la berenjena multicolor o la lechuga de tres cuerpos.
La cantidad de mierda –llámese nitratos y jarabe vitaminado de azufre- con que se abona y se elimina a todo insecto vegetariano es ingente, pero como somos algo atascadillos sólo nos escandalizamos al pensar en si la carne de la hamburguesa será de rata o de torito capón.
Ya dicen que ojos que no ven, corazón que no siente, por eso más vale hacerse el sueco de vez en cuando y pensar que todo esto de la naturaleza es un misterio. Yo, por si acaso y dado que hoy puede ser un gran día, voy a ver si me llego hasta el huerto para recolectar alguna pera madura.
Los árboles frutales, así como las novias, son bastante caprichosos en lo que a dar se refiere; uno se pasa el año pensando “¿Dará y podré comer? ¿No dará? ¿Nos apañaremos con el espantapájaros como el año pasado? Dios, cómo me gustaría ser alto.”
Al árbol frutal –como a la novia- lo tiene que cuidar con mimo el hortelano, escardando y removiendo la tierra de su alrededor y regándolo de vez en cuando para que crezca y no se quede mustio.
El asunto de los abonos es muy interesante; se trata de una especie de ‘algo’ (estiércol, bombones, nitrógeno…), muy pequeño y de aroma sutil eso sí, que se ocupa de dar collejas a las plantas rezagadas.
-¡Crece!
-¡No quiero!
-¡Zasca! (colleja onomatopéyica)
-¡Jo!
Y la planta aprieta el culo y crece con un vigor y un porte sanotes que dan gusto.
Desde que conocí la composición del estiércol natural, lo que conocemos como ‘caca de bicho’, siempre me imaginé a un payés de cuclillas, haciendo fuerza y con cara de circunstancias sobre las verdes tomateras. Piénsenlo bien, es uno de los mejores métodos para hacer sostenible el planeta: te zampas las judías, regeneras el sobrante y a los pocos meses tienes unos tomates la mar de saludables. Los que hayan puesto cara de asco que se informen sobre el agua con que riegan las hortalizas que canjean en la tienda por la mitad de su sueldo; seguro que ya no les hará tanta gracia aquello de la berenjena multicolor o la lechuga de tres cuerpos.
La cantidad de mierda –llámese nitratos y jarabe vitaminado de azufre- con que se abona y se elimina a todo insecto vegetariano es ingente, pero como somos algo atascadillos sólo nos escandalizamos al pensar en si la carne de la hamburguesa será de rata o de torito capón.
Ya dicen que ojos que no ven, corazón que no siente, por eso más vale hacerse el sueco de vez en cuando y pensar que todo esto de la naturaleza es un misterio. Yo, por si acaso y dado que hoy puede ser un gran día, voy a ver si me llego hasta el huerto para recolectar alguna pera madura.
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miércoles, 17 de septiembre de 2008
Loquillo
Hoy hace una semana que estaba cachondo perdido –como el tío aquel que se paseaba en albornoz por las Ramblas- porque me hallaba en el Auditorio viendo tocar al Loco.
Acudir a un concierto de Loquillo son palabras mayores, sobretodo cuando vas solo, con cara de humilde y haciéndote el despistado, ya que en un principio te sientes un poco como colilla de cenicero espachurrada, hasta que la cosa se calienta y explota y no hay quien te pare, porque tú solito montas un sarao de campeonato para asombro del respetable.

El Loco, ese tipo. Le he visto ya varias veces y no deja de sorprenderme; tanto si va de recital como si revienta el escenario con su rock and roll. Dos metros que mide el tío y se quedan cortos, aunque mi colega el Richal piense que el tipo está acabado y que no vale “pa na”, pero oír esto viniendo de un informático que gasta Windows Vista e IE7, pues poco se puede esperar.
La diferencia entre Loquillo y otros artistas es que se trata de un tipo cultivado, inteligente y coherente: una curiosidad del género, vaya. Es auténtico.
Entré por la puerta y pedí por el servicio, que es lo habitual cuando vas a estos sitios, porque puedes llegar a pasarlo realmente mal si pimplaste demasiada cerveza.
-Perdona, me dejas pasar.
-Joé tío.
-Es que me estoy meando.
-Bah, los de abajo ni se enteran.
Si alguna vez han ido a un concierto sabrán lo que es tener la entrada en la mano, qué asiento les corresponde y no encontrarlo. Suele ser bastante humillante cuando hay gente que ya está sentada y te mira con un desprecio infinito “Mira ese, qué torpe.” Lo que tú no sabes es que ellos también han padecido de lo mismo, pero como ojos que no ven corazón que no siente se crecen y se te suben a la chepa.
Mientras vas mirando la numeración acabas por volverte loco: pares, impares, primos, gilipollas, “anda mira, el mío está por ahí”. Y como quien no quiere la cosa te has recorrido todos los pasillos del auditorio siendo objetivo del pitorreo general. “No, es que estoy buscando a un amigo.” Sí, sí, que te has perdido, chaval.” Joder, es que no perdonan una.
Se apagan las luces. Sombras. Gritos. Aplausos. Sujetador que vuela. Silbos. Cantos varios de la afición.
-¡Tío bueno!
-… tienes buen criterio.
En un principio la gente andaba algo tímida, pero el Loco le metió mano a Isabel y a Rock suave y se montó la de Dios es Cristo, porque dos o tres intentamos arrancar las butacas y, como no se podía, acabamos subidos encima gritando como posesos.
-Sel mah grande.
-Lo que yo digo, tres micros: uno para él y dos para sus cojones.
-Jajaj.
La cosa llegó a su máxima intensidad –con todo el clan bailando desde hacía rato- con la versión más potente que yo haya oído de Cadillac Solitario. La leche.
Acudir a un concierto de Loquillo son palabras mayores, sobretodo cuando vas solo, con cara de humilde y haciéndote el despistado, ya que en un principio te sientes un poco como colilla de cenicero espachurrada, hasta que la cosa se calienta y explota y no hay quien te pare, porque tú solito montas un sarao de campeonato para asombro del respetable.

El Loco, ese tipo. Le he visto ya varias veces y no deja de sorprenderme; tanto si va de recital como si revienta el escenario con su rock and roll. Dos metros que mide el tío y se quedan cortos, aunque mi colega el Richal piense que el tipo está acabado y que no vale “pa na”, pero oír esto viniendo de un informático que gasta Windows Vista e IE7, pues poco se puede esperar.
La diferencia entre Loquillo y otros artistas es que se trata de un tipo cultivado, inteligente y coherente: una curiosidad del género, vaya. Es auténtico.
Entré por la puerta y pedí por el servicio, que es lo habitual cuando vas a estos sitios, porque puedes llegar a pasarlo realmente mal si pimplaste demasiada cerveza.
-Perdona, me dejas pasar.
-Joé tío.
-Es que me estoy meando.
-Bah, los de abajo ni se enteran.
Si alguna vez han ido a un concierto sabrán lo que es tener la entrada en la mano, qué asiento les corresponde y no encontrarlo. Suele ser bastante humillante cuando hay gente que ya está sentada y te mira con un desprecio infinito “Mira ese, qué torpe.” Lo que tú no sabes es que ellos también han padecido de lo mismo, pero como ojos que no ven corazón que no siente se crecen y se te suben a la chepa.
Mientras vas mirando la numeración acabas por volverte loco: pares, impares, primos, gilipollas, “anda mira, el mío está por ahí”. Y como quien no quiere la cosa te has recorrido todos los pasillos del auditorio siendo objetivo del pitorreo general. “No, es que estoy buscando a un amigo.” Sí, sí, que te has perdido, chaval.” Joder, es que no perdonan una.
Se apagan las luces. Sombras. Gritos. Aplausos. Sujetador que vuela. Silbos. Cantos varios de la afición.
-¡Tío bueno!
-… tienes buen criterio.
En un principio la gente andaba algo tímida, pero el Loco le metió mano a Isabel y a Rock suave y se montó la de Dios es Cristo, porque dos o tres intentamos arrancar las butacas y, como no se podía, acabamos subidos encima gritando como posesos.
-Sel mah grande.
-Lo que yo digo, tres micros: uno para él y dos para sus cojones.
-Jajaj.
La cosa llegó a su máxima intensidad –con todo el clan bailando desde hacía rato- con la versión más potente que yo haya oído de Cadillac Solitario. La leche.
Nomenclátor:
Cosas que pasan
viernes, 12 de septiembre de 2008
De cumpleaños y cosas
¿Han asistido alguna vez a una cena de cumpleaños? ¿Sí? Yo también, de hecho hace poco tuve una después de la pachanga futbolera. El momento de los regalos es muy emotivo porque de repente se oye sonar una bolsa de plástico entre las sillas y todos se miran medio riendo, todos menos el interesado, que la ha intuido y comienza a hacerse el sueco hablando del canguro cíclope de Tasmania con el compañero de al lado. También ha visto como la carta del restaurante rueda por la sobaquera de todos los comensales, que anotan algo en ella excepto él. De repente se oye un ejem, risitas, el nombre del interesado, un brazo que se alarga, un uhhh, el brazo que se acorta tocando el culo de la camarera, y el homenajeado que mira como diciendo “esto no va conmigo, qué significa y por qué tenéis esa cara de pánfilos.” Una vez se lo han dado intenta no descojonarse (esta es una reacción instintiva muy curiosa) y pone la cara de “no, por favor, no hacía falta, ya os vale, etc.”, mientras piensa “¿esto es todo lo que se os a ocurrido hijos de puta? ¿Un condón firmado? ¿Unas esposas peludas? ¿Un harapo con dos agujeros que simboliza el qué? Pues vaya mierda de amigos.” Y sonríe dando las gracias.
Las mejores cuchipandas son las que discurren entre caña y caña de bar cutre con el suelo pegajoso y caramelizado, donde las croquetas aplauden a ritmo de Bakalao y los langostinos se arrancan con una salve a la Virgen de Triana.
Las auténticas comilonas, las que te dejan buen sabor de boca, son las que terminan al filo de la mañana, sudando como un cerdo en matanza y habiendo cerrado la discoteca sin saber del cuerpo en el que habitas.
-No me siento las piernas, Manolo.
-No importa, sigue reptando.
Ustedes, si han entrado alguna vez en un tugurio de esta calaña, ya se habrán fijado que es similar a los documentales de La dos: un cacho de carne en el centro y todo de buitres alrededor. Parece que tengan un radar, los tíos. Normalmente pasa esto cuando salen dos, tres, a lo sumo cuatro amigotes, así que imagínense cuando son quince y entran con el radar a pleno rendimiento y el resuello etílico, ni Darth Vader, oigan; más que un radar aquello parece la onda expansiva de Nagasaki mientras la sala se convierte en la reserva provincial de aves de garra y colmillo afilado. ¿El águila Imperial?… El águila Imperial... Animalito.
Cuando eras pequeño las fiestas de cumpleaños solían darse en la casa de uno mediante una invitación muy cuca de ositos y confetis, con el horario establecido cautelosamente por los progenitores del hogar –de 17 a 20, o 20:30 los más osados-; acudían los amiguitos, se comía pastel y helado y luego salías a la calle a jugar. Ahora se llama por teléfono, quedas con los amigotes a las tantas para ir a la disco, entras, te comes un marrón, porque otra cosa ya me contarás y luego acabas en la puta calle con dos sujetos que llevan una moña de no te menees y que no tienen ni la voluntad ni la suficiencia para mear fuera de los pantalones.
Que te feliciten en tu cumpleaños es como cuando actualizas un programa de ordenador y te dice: ‘Felicidades, ha actualizado Cacaware 6.4 con éxito’, y tú “joder, que me ha felicitado, hostia, no me lo merezco, yo que tan sólo presioné el botón.” Te sientes como un niño. Sí, no se llamen a engaño, que le feliciten a uno desencadena una suerte de riegos hormonales bastante extraños que van desde la autocomplacencia hasta el odio caballuno y misantrópico por el individuo. ¿A quién le gusta que le recuerden que ya le queda menos? Ya lo sabe, se ha levantado esa mañana sabiéndolo sin necesidad de que nadie se lo recuerde. “Eh, que todas hieren y la última mata, artista.” “Que estás mayor.” “¡Abuela!” Gilipollas. O esos comentarios familiares de “ya tienes dieciocho años, ahora tienes más responsabilidades. Por cierto, felicidades.” U “hoy es tu día, el mando de la tele es tuyo; tendrás tu comida preferida.” Y tú te quedas con la cara más lerda que de costumbre y murmuras “pues me sabe mal, pero yo no veo la tele, y para disfrutar de mi comida preferida necesito algo más intimidad.”
-¿Perdona, has dicho algo?
-No, era mi rodilla.
Pues sí, hay que ver, hace cuatro días estábamos en el parque con la pelota y ahora estamos otra vez en el parque con el balón de oxígeno; el tiempo pasa demasiado deprisa como para malgastar unos ochenta días en la vida de una persona recordando que ya le queda menos y que no somos nadie, porque –sigan sin llamarse a engaño- ese día, el del cumpleaños, todo el mundo se encargará de recordárselo.
Las mejores cuchipandas son las que discurren entre caña y caña de bar cutre con el suelo pegajoso y caramelizado, donde las croquetas aplauden a ritmo de Bakalao y los langostinos se arrancan con una salve a la Virgen de Triana.
Las auténticas comilonas, las que te dejan buen sabor de boca, son las que terminan al filo de la mañana, sudando como un cerdo en matanza y habiendo cerrado la discoteca sin saber del cuerpo en el que habitas.
-No me siento las piernas, Manolo.
-No importa, sigue reptando.
Ustedes, si han entrado alguna vez en un tugurio de esta calaña, ya se habrán fijado que es similar a los documentales de La dos: un cacho de carne en el centro y todo de buitres alrededor. Parece que tengan un radar, los tíos. Normalmente pasa esto cuando salen dos, tres, a lo sumo cuatro amigotes, así que imagínense cuando son quince y entran con el radar a pleno rendimiento y el resuello etílico, ni Darth Vader, oigan; más que un radar aquello parece la onda expansiva de Nagasaki mientras la sala se convierte en la reserva provincial de aves de garra y colmillo afilado. ¿El águila Imperial?… El águila Imperial... Animalito.
Cuando eras pequeño las fiestas de cumpleaños solían darse en la casa de uno mediante una invitación muy cuca de ositos y confetis, con el horario establecido cautelosamente por los progenitores del hogar –de 17 a 20, o 20:30 los más osados-; acudían los amiguitos, se comía pastel y helado y luego salías a la calle a jugar. Ahora se llama por teléfono, quedas con los amigotes a las tantas para ir a la disco, entras, te comes un marrón, porque otra cosa ya me contarás y luego acabas en la puta calle con dos sujetos que llevan una moña de no te menees y que no tienen ni la voluntad ni la suficiencia para mear fuera de los pantalones.
Que te feliciten en tu cumpleaños es como cuando actualizas un programa de ordenador y te dice: ‘Felicidades, ha actualizado Cacaware 6.4 con éxito’, y tú “joder, que me ha felicitado, hostia, no me lo merezco, yo que tan sólo presioné el botón.” Te sientes como un niño. Sí, no se llamen a engaño, que le feliciten a uno desencadena una suerte de riegos hormonales bastante extraños que van desde la autocomplacencia hasta el odio caballuno y misantrópico por el individuo. ¿A quién le gusta que le recuerden que ya le queda menos? Ya lo sabe, se ha levantado esa mañana sabiéndolo sin necesidad de que nadie se lo recuerde. “Eh, que todas hieren y la última mata, artista.” “Que estás mayor.” “¡Abuela!” Gilipollas. O esos comentarios familiares de “ya tienes dieciocho años, ahora tienes más responsabilidades. Por cierto, felicidades.” U “hoy es tu día, el mando de la tele es tuyo; tendrás tu comida preferida.” Y tú te quedas con la cara más lerda que de costumbre y murmuras “pues me sabe mal, pero yo no veo la tele, y para disfrutar de mi comida preferida necesito algo más intimidad.”
-¿Perdona, has dicho algo?
-No, era mi rodilla.
Pues sí, hay que ver, hace cuatro días estábamos en el parque con la pelota y ahora estamos otra vez en el parque con el balón de oxígeno; el tiempo pasa demasiado deprisa como para malgastar unos ochenta días en la vida de una persona recordando que ya le queda menos y que no somos nadie, porque –sigan sin llamarse a engaño- ese día, el del cumpleaños, todo el mundo se encargará de recordárselo.
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